El día en que el tiempo se detiene para recordar la muerte de Jesús de Nazaret.
El Viernes Santo no amanece como cualquier otro día. Hay un peso distinto en el aire, una quietud que se instala en las calles de la Ciudad Colonial y que se replica en los rincones más apartados del país. No hay campanas. El sonido metálico que suele marcar las horas en nuestros templos enmudecen en señal de luto. Hoy, 3 de abril de 2026, la cristiandad se despoja de adornos para asomarse al abismo del Calvario, recordando la crucifixión y muerte de Jesús de Nazaret.
Para el creyente, este no es un ejercicio de arqueología religiosa. Es un proceso vivo. El Viernes Santo es la culminación de un drama humano y divino que comenzó en la oscuridad del Getsemaní y termina en la dureza de un madero. Pero, ¿qué es lo que hace que esta tradición siga moviendo a miles de dominicanos cada año? La respuesta no está en los libros de teología, sino en la capacidad humana de identificarse con el sufrimiento y la entrega.
El Vía Crucis: El camino del dolor compartido
Desde las primeras horas de la mañana, el Vía Crucis recorre nuestras calles. Es una tradición que humaniza la divinidad. Al ver la imagen del «Nazareno» cargando la cruz, el pueblo dominicano ve reflejadas sus propias cargas: las enfermedades, las crisis económicas y las pérdidas personales. Es un desfile de empatía donde el espectador no es un extraño, sino un acompañante.
Históricamente, el Viernes Santo es el único día del año en el que la Iglesia Católica no celebra la Eucaristía. El altar está desnudo, las luces son tenues y el sagrario permanece abierto y vacío. Es el «Viernes de la Pasión», donde el centro de todo es la Adoración de la Cruz. No se adora el instrumento de tortura, sino el amor que, según la fe, se entregó en él para redimir la historia.

Las Siete Palabras: Un sermón de realidad actual
Uno de los momentos más profundos de la jornada es el Sermón de las Siete Palabras. En la Catedral Primada de América, las últimas frases de Jesús en la cruz se convierten en un espejo de la realidad social dominicana. «Tengo sed», «Padre, perdónalos», «Todo está consumado». Cada frase es analizada por los sacerdotes no solo como un hecho bíblico, sino como una denuncia a las injusticias actuales: la falta de oportunidades, la corrupción y el descuido de los más vulnerables. Es aquí donde la tradición cristiana se vuelve periodismo puro, señalando las llagas abiertas de la sociedad contemporánea.
Entre la devoción y el recogimiento
Mientras algunos eligen el retiro espiritual en las iglesias, otros viven el Viernes Santo en la intimidad del hogar, respetando el ayuno y la abstinencia de carne. Es el día de la cocina de vigilia, donde el bacalao y las habichuelas con dulce se comparten con sobriedad.
El Viernes Santo termina con el Santo Entierro. La procesión del cuerpo de Cristo en el sepulcro es un recordatorio de la finitud humana. Sin embargo, para el dominicano, este silencio no es desesperanza. Es una pausa necesaria. El país se detiene hoy no solo por respeto a una tradición milenaria, sino porque en el fondo todos necesitamos un día de silencio para entender que, tras la oscuridad del Calvario, siempre se espera la luz de una promesa que está por cumplirse.
