La proliferación de botes amenaza a bañistas y destruye el ecosistema
Caminar por la orilla de Bávaro al amanecer solía ser una experiencia casi religiosa. El sonido del mar, la brisa entre las palmeras y ese azul turquesa que le ha dado la vuelta al mundo en fotografías que nos recuerdan las antiguas postales. Pero, si usted ha visitado la zona recientemente, sabrá que esa paz tiene fecha de caducidad. O, mejor dicho, tiene un rugido de motor que la interrumpe constantemente. La saturación de embarcaciones de excursión, botes privados y motos de agua en una zona que, en teoría, debería ser un refugio seguro para el turista, se ha convertido en un caos que nadie parece querer regular de verdad.
No es solo una cuestión de estética. El problema es mucho más profundo, peligroso y, francamente, insostenible. La preocupación que muchos bañistas expresan en la arena no es un capricho; es miedo. Es ver cómo una embarcación se acerca peligrosamente a la orilla donde juegan niños o donde personas mayores intentan refrescarse. La falta de una delimitación clara —o el irrespeto total a la que pueda existir— ha convertido nuestra principal vitrina turística en una zona de alto riesgo. ¿Tiene que ocurrir una tragedia para que las autoridades decidan colocar boyas de seguridad y exigir que los botes se mantengan a una distancia prudente? La seguridad del bañista debe ser la prioridad absoluta, no el negocio del tour, o el capricho de muchos dueños de embarcaciones, que quieren exhibirse lo más cerca posible de la orilla.

Y luego está el golpe bajo al ecosistema. Bávaro no es solo arena; es parte de un sistema de barrera coralina que es el escudo natural de nuestras costas. Cada vez que una embarcación lanza el ancla sobre el arrecife, o cada vez que el combustible derramado forma esa película iridiscente sobre el agua, estamos minando nuestra propia gallina de los huevos de oro. Es irónico: vendemos «naturaleza virgen» y, en el proceso de venderla, la estamos asfixiando. La contaminación sonora, esa que muchas veces ignoramos, también ahuyenta la fauna marina y rompe el equilibrio de un entorno que necesita silencio para ser lo que es: un paraíso.
La industria turística dominicana ha hecho un trabajo encomiable vendiendo el destino, pero ahora toca el trabajo más difícil: ordenar la casa. No se trata de prohibir el turismo náutico, que es una fuente de empleo vital, sino de someterlo a un régimen de consecuencias. El Ministerio de Turismo, en conjunto con la Armada Dominicana y los ministerios de Medio Ambiente, tiene la tarea urgente de establecer un plan de ordenamiento marítimo. Necesitamos carriles exclusivos para embarcaciones, zonas de baño restringidas donde no pueda entrar ni una tabla de surf a motor, y un monitoreo estricto de las emisiones y el comportamiento de los capitanes.
Si queremos seguir siendo referentes internacionales, no podemos permitir que el «todo vale» arruine nuestra imagen. La playa es, ante todo, un espacio público. Un destino que descuida a su bañista, que permite la anarquía en su litoral y que ignora el daño a sus arrecifes, está condenado a perder su valor. Es hora de poner orden, antes de que el paraíso que todos amamos termine convirtiéndose en un recuerdo amargo.

