En cada mercado, colmado o supermercado de la República Dominicana se refleja una misma preocupación: ¿qué tanto rinde el dinero en la mesa del hogar? El costo de la canasta básica familiar, indicador que mide los bienes y servicios indispensables para vivir con dignidad, se ha convertido en tema de conversación diaria entre amas de casa, trabajadores y economistas.
Una cifra que pesa en los bolsillos
De acuerdo con el Banco Central, la canasta básica nacional ronda los RD$45,000 mensuales en promedio, aunque el monto varía según los quintiles de ingresos. Para los hogares de menores recursos, el desafío es aún más agudo: los alimentos representan más del 50 % de su gasto total, lo que obliga a sacrificar otros rubros como transporte, salud o educación.
En contraste, en los sectores de mayores ingresos la proporción dedicada a alimentos baja al 20 %, mostrando la desigualdad en cómo el costo de la vida impacta a las distintas clases sociales.
¿Qué hay en el carrito del supermercado?
El dominicano promedio consume a diario arroz, habichuelas, plátano, pollo, huevos, pan y café. Estos productos forman parte de la dieta básica, pero también son los que más marcan las subidas de precios.
- El arroz, considerado “el rey de la mesa”, ha experimentado incrementos periódicos, a pesar de la producción nacional.
- El pollo, proteína más consumida del país, muestra variaciones constantes en su precio al detalle.
- El plátano, símbolo del dominicano, refleja la estacionalidad de la producción agrícola y la presión de los intermediarios.
A estos se suman productos importados como el aceite, la leche en polvo o el trigo para la harina, que dependen de los vaivenes internacionales.
La calle opina
En un recorrido por mercados de la capital, como el de Villa Consuelo y la Feria Ganadera, las quejas se repiten. “Antes yo salía con 2,000 pesos y llenaba la nevera; ahora apenas me alcanza para una comprita de tres días”, afirma María Jiménez, madre de tres hijos.
Los colmaderos confirman la tendencia: los clientes piden “fiado” con más frecuencia y compran al menudeo, desde un sobre de café hasta uno o dos huevos.
El peso de la inflación
El índice de precios al consumidor (IPC) ha registrado alzas importantes en los últimos años, moderadas en parte por subsidios del Gobierno a la producción y al transporte de alimentos. Sin embargo, la inflación acumulada se traduce en un poder adquisitivo más débil, sobre todo en los estratos medios y bajos.
Economistas coinciden en que la inflación alimentaria golpea más fuerte porque no deja espacio de sustitución: nadie puede prescindir de comer.
¿Qué comemos, entonces?
La mesa dominicana ha tenido que reinventarse. Las familias sustituyen carne de res por pollo, pollo por huevos, y en ocasiones huevos por berenjenas o tayotas. El consumo de vegetales frescos se reduce, mientras aumenta la compra de carbohidratos más baratos para “llenar el estómago”.
El resultado es una dieta menos variada y, en muchos casos, menos nutritiva. Organismos como la FAO han advertido que la inseguridad alimentaria afecta a sectores vulnerables del país, especialmente en zonas rurales.
Entre la tradición y la resiliencia
Pese a todo, el ingenio popular encuentra maneras de resistir. Platos como el mangú con huevo, el moro de habichuelas o el espagueti con pan se convierten en salvavidas cotidianos. Y las redes sociales muestran cómo las amas de casa comparten recetas para “rendir la comida”.
La pregunta de fondo, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿cómo lograr que el derecho a una alimentación adecuada no dependa de cuánto gane un hogar?
Mirando hacia adelante
El costo de la canasta básica no solo es un número en un informe oficial, sino un termómetro del bienestar social. Resolver esta ecuación implica repensar políticas agrícolas, cadenas de distribución, subsidios y educación alimentaria.
Al final, lo que comemos los dominicanos es también un espejo de lo que somos como sociedad: creativa, resiliente, pero todavía luchando por garantizar lo más esencial.