Especialista advierte que el calentamiento global modifica silenciosamente los ecosistemas, afectando la nutrición, la agricultura y la seguridad alimentaria
Santo Domingo. Cuando se habla del cambio climático, la atención suele centrarse en fenómenos como las olas de calor, las sequías prolongadas, las inundaciones o los huracanes cada vez más intensos. Sin embargo, existe otra consecuencia menos visible que avanza de manera silenciosa y que podría tener un impacto directo sobre la alimentación humana: la transformación de la calidad nutricional de los alimentos.
Así lo plantea Víctor de los Santos, especialista con maestrías en contabilidad fiscal, gestión medioambiental y contaminación, quien advierte que las alteraciones provocadas por el cambio climático no solo afectan las condiciones atmosféricas, sino también los procesos biológicos y químicos que permiten el desarrollo de los cultivos.
El experto explica que toda forma de vida depende del equilibrio entre seis elementos químicos fundamentales: carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre (CHONPS), responsables de la formación de proteínas, carbohidratos, vitaminas, enzimas y del ADN. Cualquier alteración en los ciclos naturales que regulan estos elementos repercute directamente en la calidad de los ecosistemas y, por extensión, en los alimentos que llegan a la mesa de millones de personas.
Durante años, gran parte de las investigaciones se enfocó en analizar cómo el aumento del dióxido de carbono (CO₂) influía en el crecimiento de las plantas. Sin embargo, estudios recientes han demostrado que el fenómeno es mucho más complejo.
Uno de los trabajos científicos más relevantes, desarrollado por Feike A. Dijkstra y su equipo de investigadores, evidenció que el incremento del CO₂ y de la temperatura modifica el equilibrio entre el nitrógeno y el fósforo disponibles para las plantas y los microorganismos del suelo, un proceso estrechamente relacionado con la humedad del terreno, la cual también se ve afectada por el cambio climático.
Según explica De los Santos, esta cadena de transformaciones comienza con el aumento de la temperatura y las alteraciones en los patrones de lluvia. Posteriormente cambia la humedad del suelo, disminuye o modifica la disponibilidad de nutrientes, se altera la actividad de los microorganismos y, finalmente, estos procesos terminan influyendo en la composición nutricional de los cultivos.
Diversas investigaciones internacionales han encontrado que el incremento del CO₂ atmosférico puede reducir la concentración de proteínas, hierro y zinc en alimentos de consumo masivo como el trigo y el arroz.
En el caso de la soya, los estudios indican que una mayor concentración de dióxido de carbono favorece un crecimiento más acelerado y una mayor producción de biomasa. No obstante, ese incremento no necesariamente significa una mejor calidad nutricional, ya que pueden producirse variaciones en el contenido de proteínas y otros nutrientes esenciales.
Para el especialista, este panorama representa uno de los principales desafíos de la seguridad alimentaria en las próximas décadas.
“El gran reto del siglo XXI no será únicamente producir suficientes alimentos para una población cada vez mayor, sino garantizar que esos alimentos mantengan el valor nutricional necesario para una alimentación saludable”, sostiene.
A su juicio, aunque las políticas públicas enfocadas en el cambio climático han priorizado correctamente la reducción de emisiones, la gestión del agua, la infraestructura resiliente y la respuesta ante eventos extremos, aún falta incorporar estrategias dirigidas a proteger la calidad nutricional de los alimentos y los procesos ecológicos que la hacen posible.
En ese contexto, destaca el papel de disciplinas como la biotecnología, el mejoramiento genético, la microbiología del suelo, la agricultura regenerativa y el manejo eficiente de nutrientes, herramientas que considera fundamentales para fortalecer la resiliencia de los sistemas agrícolas frente a los efectos del calentamiento global.
Estas áreas permiten desarrollar variedades de cultivos más eficientes en el uso del agua y los nutrientes, además de comprender mejor la interacción entre las plantas, los microorganismos y el suelo, con el objetivo de preservar tanto la productividad como la calidad nutricional de los alimentos.
De los Santos considera que este conocimiento resulta especialmente relevante para países como la República Dominicana y otras naciones de América Latina y el Caribe, donde la agricultura continúa siendo un sector estratégico para la economía y la alimentación de la población.
“Adaptarse al cambio climático no solo significa prepararse para enfrentar huracanes o sequías. También implica proteger los procesos biológicos y biogeoquímicos que sostienen la producción de alimentos”, afirma.
Finalmente, advierte que comprender cómo el cambio climático modifica silenciosamente la química de los ecosistemas será tan importante como reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
A su entender, este tema debe trascender el ámbito científico y formar parte del debate público, ya que de ello dependerán, en buena medida, la seguridad alimentaria, la salud de los ecosistemas y el bienestar de las futuras generaciones.

