Aladino, el Señor Musical

Con esta propuesta el país ingresa definitivamente en al portal de naciones capaces de consumar con excelencia el más demandante de los géneros escénicos.

Jose Rafael Sosa
¿Qué puede costar un musical? En producirlo, millones de pesos, meses de trabajo, logística compleja y los sinsabores y agrios vacíos de un tocar puertas que, a veces, se han de abrir, para lograr, finalmente ocho horas de presentaciones al público en cuatro funciones en un fin de semana de un febrero cualquiera.

¿Qué puede valer un musical? Todo. Desde ser la transformación del sabor del día al convencimiento de que el país se supera a si mismo y resulta más que el asfixiante ambiente de violencia, la preeminencia de la injusticia y el sinsentido de la falta de equidad y transparencia. Eso y más, es capaz de valer un musical realizado con respeto a sus normas.

Es que esta de regreso el Señor Musical, gracias a una maestra de artes llamada Alina Abreu, y que llega como debió haber sido siempre: sin limitaciones de espacio, con una señora orquesta en el foso, con las facilidades para desplegar efectos especiales, entre los que resalta la alfombra voladora
Es el caso de Aladino y el genio de la lampara que durante el fin de semana estuvo ofreciendo Producciones FA y Alina Abreu en la sala Carlos Piantini del Teatro Nacional y que ha servido para mostrar la real estatura de la producción de buen arte de la escena en la Republica Dominicana.

Lo que proporciona este montaje excede el reconocimiento de sus talentos participantes, torna innecesario cualquier reconocimiento critico y genera una sensación de fortalecimiento de la a veces escamoteada autoestima nacional dominicana.

Recursos técnicos
Resalta la impecabilidad funcionalidad y estética bien lograda de su conjuntos escenográficos (la plaza popular, el palacio del Sultán, Abdul la Cueva de los Misterios y el desierto), firmada por Fidel López; el diseño de arte expresado en los vestuarios, de Magaly Rodríguez: los peinados de Camelia Almonte y el diseño de luces a cargo de Eficiencia (Enmanuel Ferry) y finalmente el sonido general y la música en vivo bajo la dirección de Luichy Guzmán, permitió sentir cuan significativo es la capacidad de Frank Ceara, una de las almas creativas de lo musico-teatral del proyecto.

Actoralmente
Un reconocimiento apare merecen las directoras María del Mar y Ana Rivas, a las que apoya Josué Guerrero en la instrucción actoral, quienes logran que los talentos rindan el máximo de sus facultades.

Individualmente hay que destacar el aporte de los veteranos Kenny Grullón, (Sultán Adbul logrando un personaje paternal y creíble; Irving Alberti, el alma, junto a Aladino, del montaje, llena con maestría el escenario tanto en lo corporal como en lo vocal, haciendo diversos acentos (argentino, cubano, español) con una gracia que le resulta inherente y natural.

De los noveles talentos, hay que felicitar al juvenil JJ Sánchez Vargas (un Aladino que parece haber estado planteado a su medida): el rol de Naira, a cargo de Paloma Rodríguez logrado con sorprendente vitalidad y gracia, con tonos de comedia y romanticismo bien manejados.

En ella, al igual que su contraparte María de Jesús Vargas, la apuesta del gran musical, se ha visto triunfar y resulta visible el talento cultivado por sus estudios y entrenamientos. Ambas son parte del futuro del teatro y el musical de la más alta significación.

El dominio que se nota en las coreografías denota la dirección experimentada de la profesora Alina Abru, producto de una veteranía a toda prueba. Debe sentirse satisfecha con lo logrado.

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